Lo que tienes que saber sobre los nombres propios

 

Una pregunta que siempre suelo hacer en las primeras sesiones de una terapia tiene que ver con el origen del nombre propio de la persona que acude a consulta: los motivos por los que los padres decidieron ese nombre, el significado del nombre y si hay otras personas en la familia con ese mismo nombre.

Cuando un hijo viene al mundo es como una hoja en blanco donde los padres, consciente e inconscientemente, plasmamos en ella nuestras frustraciones (“Lo que no me gustó de la forma de educar de mis padres hacia mí, yo no lo voy a hacer con mis hijos”), nuestras expectativas (“Lo que yo creo que es mejor para mis hijos”), nuestras exigencias (“Lo que creo que éstos tienen que hacer para adaptarse a la sociedad”), nuestros sinceros deseos de que sean felices (“Qué consigan desarrollarse plenamente a todos los niveles”) y obtener algo constructivo de los obstáculos que tengan en cada momento de su vida.

El nombre propio es la síntesis de todo lo señalado en el párrafo anterior. Es como el título de una pieza de arte que capta toda la esencia de la misma. Por eso es tan importante. Cuanto menos escribamos en esa hoja que tenga que ver con nuestras frustraciones, exigencias y expectativas menos ataduras tendrán nuestros hijos para desarrollarse como personas.

En este artículo voy a plasmar las motivaciones que nos llevan a poner unos nombres en vez de otros, haciendo énfasis en aquellas motivaciones que pueden convertirse en lastres para el desarrollo de los hijos.

 

 1.       DUELOS NO ELABORADOS

Poner un nombre de algún miembro de la familia (abuelos, tíos, padres, hermanos, o hijos) que falleció antes o durante la gestación de nuestro futuro hijo/a.

Los duelos son propios del ser humano, aparecen siempre que perdemos algo con lo que hemos tenido algún tipo de vínculo emocional. Cuando fallece un familiar se requiere de un período de tiempo para asimilar dicha pérdida (un mínimo de seis meses). Es lo que se conoce como elaboración de un duelo, donde las personas pasamos por un proceso caracterizado por 1) estado de Shock 2) Negación 3) Dolor 4) Aceptación. A veces, por diferentes motivos, nos quedamos “atascados” en alguna de estas etapas y no conseguimos elaborar ese duelo.

El poner el nombre de un familiar fallecido puede ser un signo de un duelo no elaborado. Cuanto más “vínculo sanguíneo” exista con la persona fallecida más “carga emocional negativa” estamos transmitiendo a nuestro hijo. En la mirada de un padre  hacia este hijo existe una carga de tristeza relacionada con la persona fallecida y que el hijo percibirá de alguna manera. Por otro lado se están transfiriendo cualidades de la persona fallecida al bebé.

El ejemplo más destructivo es poner a un hijo el nombre de otro hijo fallecido, independientemente de que dicho hijo llegara a nacer o que falleciera durante los meses de gestación. Implica la negación de la persona fallecida, cuyas consecuencias sufrirá el hijo superviviente que se manifestarán en Crisis de identidad. El hijo superviviente se percibe a sí mismo como escindido: “¿Qué parte de mi corresponde a mi hermano/a? ¿Qué parte de la mirada de mis padres está dirigida a mi hermano/a?”. Esto puede acabar generando sentimientos de culpa muy incapacitantes.

Otra variante es poner el nombre de una antigua pareja de uno de los padres. Esto produce una “complicidad” entre unos de los padres y el hijo/a que coloca al hijo en un lugar que no le corresponde, participando de un asunto no resuelto por parte de uno de los padres.

No es necesario que el hijo/a tenga un conocimiento consciente de estos acontecimientos, todo esto se transmite de un padre a un hijo mediante una “memoria familiar”  que influirá en el carácter de éste.

 

 2.       EL MISMO NOMBRE QUE UN PROGENITOR O FAMILIAR

A veces se pone el nombre de otro familiar vivo o el de uno de los padres. Como he señalado en el apartado anterior, poner el nombre que ya tiene otro miembro de la familia significa estar transfiriendo cualidades de esa persona a ese niño. Es más fácil caer en comparaciones con quien se comparte el nombre, sobre todo cuando este es uno de los progenitores, y eso, a veces, el niño lo vive como un “tener que demostrar” que facilita caer en la autoexigencia.

En ocasiones esto está relacionado con una “tradición familiar”. Respeto profundamente las tradiciones familiares pues transmitir los valores de una familia favorece la cohesión entre sus miembros. Pero en toda tradición familiar hay valores que favorecen el desarrollo y otros que suponen llevar cargas emocionales de generaciones pasadas. En ocasiones detrás de una larga tradición de nombres que se repiten de una generación a otra, hay cargas emocionales que se transmiten de una generación a otra que acaban haciendo un flaco favor al niño.

 

 3.       NOMBRES DE OTRAS CULTURAS

Para cada padre su hijo es especial y único, y cuando un niño percibe esto es el regalo más importante que se le puede dar: sentirse querido por existir (amor incondicional) sin tener que hacer nada para sentirse querido. Frente a esto está el  amor condicional  donde el niño es querido en función de cualidades tales como ser guapo, inteligente, ordenado, rebelde, etc.

Los nombres raros o poco familiares para una cultura específica, favorecen que el niño destaque en un primer momento no por lo que es sino por el nombre que tiene. Detrás de un nombre así puede haber unos padres que espera que las demás personas traten a su hijo como alguien especial y único, pudiendo estar transmitiendo deseos o expectativas que pueden acabar pesando en el desarrollo del hijo.

 

 4.       SIGNIFICADO DEL NOMBRE

Cada nombre tiene un significado detrás que alude a aspectos culturales, religiosos y antropológicos. Algunos favorecen la expansión (Amor, Luna, Sol, Mar) y otros invitan a la introversión (Soledad, Amparo, Olvido)

Nunca olvidaré a una persona que traté  que se llamaba “Abel-Caín”. Abel y Caín son dos personajes bíblicos, donde Caín asesina a su hermano Abel por Celos. Este paciente vivía en una continua contradicción que le provocaba mucho sufrimiento.

 

Espero estimular vuestro interés por el origen de vuestro nombre propio pues es una manera de conoceros a vosotros mismos. A la vez espero que tengáis en cuenta la importancia de éstos en el desarrollo de nuestros hijos.

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About the author

Oscar Guinea (http://oscarguinea.com/) - Psicólogo especializado en adicciones, experto en terapia familiar y Constelaciones familiares. Desarrollo mi trabajo en mi consulta en Alicante conjunto con las tareas fascinantes de ser padre y blogger.

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4 comments

Hola Oscar; me ha encantado este articulo,,,, es fresco. Es curioso como te puede condicionar un nombre,,por lo que estoy totalmente de acuerdo contigo. A mi me llaman PEPE,,,,por temas familiares y exigencias de mi abuelo ( si no llamaban a un nieto como él, se enfadaba). Este nombre siempre me ha permitido romper barreras sociales que, a mi juicio, deseaba romper con mi carácter (no con mi apelativo). Nunca me gusto mi nombre,,,,ahora me encanta.
Un saludo muy fuerte y enhorabuena por estos artículos tan interesantes.

Muchas gracias por tus palabras Jose¡¡
Siempre es interesante conocer el origen del nombre propio. Da mucha información de donde venimos.
!Me alegra mucho saber que te encanta tu nombre.
El proceso de pelea y reconciliación que describes es universal, y muy reparador.
Abrazos

Muy bueno, sobre todo lo de que Mar favorece la expansión!! A mi me encanta mi nombre!!
Ahora… El día que tenga q elegir para mís hijos, ufff q difícil!!

Hola María del Mar. Cuando se tienen hijos todo se hace un poco complicado. Y si. No es fácil la elección de nombres.

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